Y al avanzar por el mundo y sus diferentes vicisitudes [siempre quise usar esta palabra] me fui haciendo fuerte, y muy débil, nada está claro, todo es relativo y la vida hace malabares con lo que uno cree cierto e incierto, hasta los detalles y las esencias, los olores, las sonrisas, las lágrimas y las letras y las palabras y yo mismo. Nada es igual, mi reflejo es diferente. Ahora me lastima.
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Se abren demasiados telones, muchas luces se ponen en rojo, y los desfilantes, los brillantes actores circulan uno tras otro haciendo su parte, sus líneas, muy buenas de algunos, hacen sentir a uno por un momento especial, actor, pero se acaba, el telón se cierra, el público se levanta, alegre, gozoso, toda una euforia, eternos agradecidos con aquellos que juegan papeles para ellos, que actúan una obra para sus expectantes, y puede decirse que para mí también, yo también los veo, aunque esa pieza no haya sido para mí, un simple telonero.
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Las ideas van y vienen, unas se impregnan, otras se enclavan, otras simplemente se consumen como el carbón en una hoguera, potencian algo, un tiempo, el suficiente, luego en lo sensible de su existencia dejan cenizas tras sí, y una duda de lo que fueron alguna vez, muchas de ellas, en lo preciso de su aparición cambian el rumbo del escrito, del escritor, algunas simplemente desaparecen; pero todas dejan algo: una duda, su realización.
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Cargado de mi reflejo, mi telón y mis ideas interpreto mi papel, juego mi obra, para aquel que quiera sentarse a deleitarse un momento, claro está, en un inicio esto no es más que un triste chiste y una introducción, pero después, oh después, son complicados roles, cambios espacio temporales, interpersonales, casi magia [puedo atreverme a asegurar], que deleita, que sorprende, que confunde, que regocija, ataca a tantos y distintos niveles haciendo sentir algo a todos y sonreír a mí. Yo no entiendo.
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La vida hace malabares y yo magia.
