- Espero que me recuerdes, tal vez - tosió la arrugada mandíbula de la anciana - yo no lo haga, hasta incluso te niegue, pero quiéreme como yo te qui....
Luego me sacaron de la habitación, me dijeron que estaba cansada y no querían que la moleste; eso es lo malo siempre no quieren que las molesten cuando yo sé que quieren estar acompañadas: yo lo sabía y hasta ahora lo sé porque aunque no terminé de oír lo que me dijo lo vi en sus ojos, y era que quería no quedarse sola.
Tristemente para mí no es que se quedaba sola, es que me dejaba sola, y ella se encerraba; se encerraba sin conocerlo y sabiéndolo, porque cuando uno se enferma en realidad no lo conoce hasta los síntomas, pero su cuerpo se da cuenta y lo sabe. Y yo que era tan cercana a ella no lo sabía.
- Hola nana, ya estás descansadita - le dije mirando sus profundos ojos cafés claro - ya volví, se que es muy de mañana, pero me preocupas.
Busqué su mano, pero extrañamente no estaba; la seguí viendo y sentí un vacío en sus ojos, seguían siendo los mismos, pero algo faltaba: era vida. Se había ido mientras yo dormía y volvía; seguía agitando su pecho al respirar, sus arrugada mandíbula seguía tosiendo de vez en cuando, sus ojos seguía pestañeando para protegerlos de la luz, pero extrañamente no estaba ahí.
Y en todo eso, yo seguía aturdida, pensando que tal vez estaba dormida, que tal vez yo estaba dormida, y no, mi vieja nana empezó a gritar; yo me asusté, mis padres se asustaron, se asustaron tanto que me llevaron otra vez, me llevaron a mi cuarto, ahora decían que yo estaba cansada y que debía descansar: y se equivocaron otra vez.
Sola en mi cuarto pensé en mi nana, en su cara, en su ropa, y en sus ojos, la vi otra vez en mi cabeza: se había ido y seguía allí atrapada en su delicada cabeza, y lo sabía porque la vi, a ella, y no a su cuerpo, en su mirada y recordé sus palabras y me dormí, pero sabía que yo sí despertaría, y lloré.
Luego me sacaron de la habitación, me dijeron que estaba cansada y no querían que la moleste; eso es lo malo siempre no quieren que las molesten cuando yo sé que quieren estar acompañadas: yo lo sabía y hasta ahora lo sé porque aunque no terminé de oír lo que me dijo lo vi en sus ojos, y era que quería no quedarse sola.
Tristemente para mí no es que se quedaba sola, es que me dejaba sola, y ella se encerraba; se encerraba sin conocerlo y sabiéndolo, porque cuando uno se enferma en realidad no lo conoce hasta los síntomas, pero su cuerpo se da cuenta y lo sabe. Y yo que era tan cercana a ella no lo sabía.
- Hola nana, ya estás descansadita - le dije mirando sus profundos ojos cafés claro - ya volví, se que es muy de mañana, pero me preocupas.
Busqué su mano, pero extrañamente no estaba; la seguí viendo y sentí un vacío en sus ojos, seguían siendo los mismos, pero algo faltaba: era vida. Se había ido mientras yo dormía y volvía; seguía agitando su pecho al respirar, sus arrugada mandíbula seguía tosiendo de vez en cuando, sus ojos seguía pestañeando para protegerlos de la luz, pero extrañamente no estaba ahí.
Y en todo eso, yo seguía aturdida, pensando que tal vez estaba dormida, que tal vez yo estaba dormida, y no, mi vieja nana empezó a gritar; yo me asusté, mis padres se asustaron, se asustaron tanto que me llevaron otra vez, me llevaron a mi cuarto, ahora decían que yo estaba cansada y que debía descansar: y se equivocaron otra vez.
Sola en mi cuarto pensé en mi nana, en su cara, en su ropa, y en sus ojos, la vi otra vez en mi cabeza: se había ido y seguía allí atrapada en su delicada cabeza, y lo sabía porque la vi, a ella, y no a su cuerpo, en su mirada y recordé sus palabras y me dormí, pero sabía que yo sí despertaría, y lloré.

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